Mientras desarrolla tecnologías para futuras vacunas contra arbovirus, la bióloga molecular de la Facultad de Ciencias Irene Ferreiro trabaja en una investigación que estudia virus presentes en aves antárticas. El objetivo es comprender cómo evolucionan estos microorganismos y detectar amenazas que podrían extenderse a otras regiones del mundo.
La Antártida suele imaginarse como un territorio remoto de hielo, viento y temperaturas extremas. Sin embargo, para la bióloga uruguaya Irene Ferreiro también es un laboratorio natural donde es posible estudiar algunos de los procesos biológicos más fascinantes del planeta.
Ferreiro realiza su doctorado en la Facultad de Ciencias de la Udelar en colaboración con el Instituto Pasteur de Montevideo. Su trabajo se divide entre dos proyectos que, aunque diferentes, comparten un mismo objetivo: comprender mejor los virus y adelantarse a futuras amenazas sanitarias.
Por un lado, investiga nuevas tecnologías para el desarrollo de vacunas contra arbovirus, es decir, enfermedades transmitidas por artrópodos como los mosquitos. Entre ellas se encuentran el dengue, el zika y el chikungunya. Por otro lado, lidera un proyecto de virología en la Antártida que busca identificar virus con potencial pandémico y estudiar cómo evolucionan en las poblaciones de aves que habitan el continente blanco.
Ferreiro llegó a la virología casi por casualidad. Cuando ingresó a la Facultad de Ciencias pensaba dedicarse a la genética. Sin embargo, durante la carrera descubrió el mundo de los virus y encontró allí un campo que combinaba su interés por la biología molecular con la posibilidad de realizar trabajo de campo.
Tras graduarse en febrero de 2020, pocas semanas antes del inicio de la pandemia de COVID-19, comenzó una maestría enfocada en el desarrollo de vacunas para virus transmitidos por mosquitos. Al mismo tiempo se incorporó a proyectos vinculados a la Antártida, una experiencia que terminaría marcando gran parte de su carrera científica.
Un punto de encuentro para los virus
La investigación que se desarrolla en la Antártida se apoya en una característica particular del continente: miles de aves migratorias llegan cada año para reproducirse y alimentarse antes de regresar a distintas regiones del planeta.
Ese movimiento convierte a la Antártida en un punto de encuentro donde los virus pueden circular, intercambiar información genética y generar nuevas variantes. Estudiarlos permite conocer mejor su evolución y, eventualmente, alertar sobre riesgos futuros para la fauna, la industria avícola o incluso la salud humana.
“Si se estudian estos virus en la Antártida, por lo menos podemos tener herramientas para avisar que están ahí y que podrían llegar a otras partes del mundo”, explicó Ferreiro.
Además del monitoreo de virus en aves, el proyecto incluye una línea de trabajo orientada a detectar posibles señales de contaminación humana en el entorno de la Base Científica Antártica Artigas. El objetivo es identificar si microorganismos propios de las personas están llegando al ambiente antártico y aportar información útil para su conservación.
Pingüinos, ciencia y muestreo no invasivo
Uno de los hallazgos más relevantes del equipo surgió a partir del estudio de un virus llamado siadenovirus, detectado años atrás en pingüinos muertos cerca de la base antártica coreana.
La incógnita era si aquel hallazgo representaba un episodio aislado o si el virus circulaba habitualmente entre las aves antárticas. Para responder esa pregunta, el grupo uruguayo desarrolló una metodología de muestreo no invasiva que evita capturar animales o extraerles sangre.
La estrategia consiste en recorrer la costa de la Península Fildes (Isla Rey Jorge, Antártida) en busca de las aves y recolectar muestras de materia fecal una vez que los animales la depositan naturalmente. De esta forma se reduce el estrés sobre la fauna y se minimiza el impacto de la investigación en un ecosistema especialmente protegido.
Los resultados mostraron que el virus estaba distribuido a lo largo de toda la península estudiada y que diferentes especies de pingüinos presentaban variantes distintas. También observaron que la proporción de animales infectados aumentó un 11% en apenas tres años.
Aunque hasta el momento no encontraron evidencias de enfermedad en los ejemplares analizados, el monitoreo continúa para comprender mejor el comportamiento del virus y su evolución.
Ciencia uruguaya con impacto internacional
El impacto desarrollado por Ferreiro y sus colegas no solo aporta conocimiento sobre los virus antárticos. También abrió una nueva forma de investigar en la región.
Durante el 11° congreso antártico internacional, realizado en Chile, una investigadora brasileña le comentó que su equipo comenzaría a utilizar la metodología de muestreo no invasivo luego de conocer la publicación uruguaya.
Para Ferreiro, ese tipo de intercambios refleja uno de los principios fundamentales de la ciencia antártica: la cooperación internacional. "La Antártida es una reserva natural donde se busca hacer ciencia generando el menor impacto posible", señaló.
El valor del trabajo en equipo
A pesar de los avances científicos, Ferreiro destaca que el aprendizaje más importante de su carrera no proviene de un laboratorio ni de una expedición. "El trabajo en equipo es lo más importante de todo", afirmó.
Según explicó, la investigación científica implica convivir con la incertidumbre y la frustración. Los experimentos fallan, los resultados tardan en llegar y muchas veces es necesario volver a empezar. En ese contexto, el apoyo de colegas y colaboradores resulta fundamental tanto desde el punto de vista técnico como humano.
Esa filosofía también se pone a prueba en la Antártida, donde los equipos conviven durante semanas en condiciones exigentes, compartiendo jornadas de trabajo, tareas cotidianas y largas horas de aislamiento.
Quizás por eso Ferreiro define al continente blanco como mucho más que un escenario de investigación. Para ella, es un lugar donde todavía quedan innumerables preguntas por responder y donde la ciencia encuentra un espacio único para observar cómo funciona la vida en uno de los ambientes más extremos del planeta.
Claudia Ciaffaglione- Junio 2026