El fenómeno de El Niño atraviesa en 2026 una evolución particularmente intensa y sus efectos podrían hacerse sentir en Uruguay durante los próximos meses. Marcelo Barreiro, físico y oceanógrafo del Departamento de Ciencias de la Atmósfera y Física de los Océanos de la Facultad de Ciencias, explicó que este fenómeno se origina en la interacción entre el océano y la atmósfera del Pacífico y puede modificar los vientos, las precipitaciones y las temperaturas en nuestro país.

El Niño consiste en un calentamiento anómalo de las aguas del Pacífico ecuatorial que ocurre de forma irregular, aproximadamente cada dos a siete años, y constituye la fase opuesta a La Niña. En Uruguay, su principal efecto suele ser un aumento de las precipitaciones, fundamentalmente al norte del Río Negro, durante octubre-diciembre y marzo-mayo. El calentamiento de una enorme extensión del océano, que alcanza los primeros 200 metros de profundidad, implica una importante acumulación de energía en la región del Pacífico ecuatorial centro-este. La atmósfera responde a ese calentamiento corriendo las lluvias hacia el Pacífico central, lo cual genera ondas atmosféricas que se propagan hacia distintas regiones del mundo alterando los vientos y, en consecuencia, las lluvias y las temperaturas.

En este sentido, la intensidad del episodio actual es uno de sus rasgos más destacados. Según Barreiro, no se había registrado un período junio-julio con temperaturas oceánicas tan altas en los últimos 150 años. La evolución observada en 2026 ya superó a la de El Niño de 1997-98 y se acerca a la de 2015-16, conocido como “Niño Godzilla”. Además, algunos modelos proyectan aumentos superiores a 3 °C.

La dinámica que da origen al fenómeno involucra una interacción permanente entre el océano y la atmósfera. En condiciones normales, los vientos desplazan las aguas cálidas hacia Australia y favorecen el ascenso de aguas más frías frente a las costas de Perú. Cuando esos vientos se debilitan, el agua caliente acumulada comienza a desplazarse hacia el este. Esto redistribuye la energía del océano y modifica la atmósfera, que a su vez retroalimenta el movimiento de las aguas. Así, pequeños cambios iniciales pueden favorecer un mayor debilitamiento de los vientos y el desplazamiento de cantidades crecientes de agua cálida hacia el este.

Para Uruguay, el efecto esperado no se limita a un aumento de los acumulados de lluvia. El Niño también modifica la forma en que se producen las precipitaciones y aumenta la frecuencia de eventos extremos de lluvia diarios. En particular, durante octubre, noviembre y diciembre, se espera un número importante de estos eventos en el norte del país, los cuales están acompañados de vientos intensos asociados a las tormentas. Esto supone que el impacto del fenómeno no necesariamente se traducirá solo en más días lluviosos, sino también en episodios de precipitaciones más intensas. En cuanto a la temperatura, se espera que la primavera que está por comenzar y el otoño del año que viene sean más fríos de lo normal en todo el país.

La presencia de un evento El Niño muy fuerte como el que se está desarrollando, además, permite mejorar la previsibilidad climática de los próximos trimestres. El fenómeno suele comenzar alrededor de julio, alcanzar su máxima intensidad entre noviembre y enero y luego debilitarse hasta junio del año siguiente. Esta evolución permite anticipar con mayor precisión sus efectos sobre las precipitaciones y temperaturas, y elaborar perspectivas para períodos más extensos, como las tendencias desarrolladas por el Instituto Uruguayo de Meteorología y la Universidad de la República, disponibles aquí.

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