El martes 1 y el miércoles 2 de setiembre de 2026 la Facultad de Ciencias realiza sus Jornadas de Puertas Abiertas.

En el horario de 8 a 17 horas, en Iguá 4225 esq. Mataojo, más de 200 grupos de de instituciones sociales y/o educativas recorrerán stands de los distintos grupos de trabajo, laboratorios e institutos de la Facultad y podrán realizar diversas actividades lúdico-educativas de acercamiento a la ciencia.

Este evento contará con más de 30 stands de actividades vinculadas a diversas áreas como: biología, química biológica, astronomía, investigación nuclear, paleontología, matemática, física, geografía, ciencias ambientales y geología.

Durante ambas jornadas se invita a los visitantes a experimentar, jugar y observar guiados por científicos y científicas de la Facultad con los que podrán conversar e intercambiar dudas y conocimientos.

Los grupos de más de 8 personas deben inscribirse a través del siguiente FORMULARIO. Las personas o familias que deseen asistir en grupos menores a 8 personas podrán hacerlo sin necesidad de inscripción previa.

Conocé el programa de actividades para las distintas edades (descargar aquí)

Estudiantes de la Facultad de Ciencias serán los encargados de recibir a cada uno de los grupos para acompañarlos en el recorrido y orientar la visita a las propuestas adecuadas según los intereses y niveles educativos de los y las visitantes.

La cantina de la Facultad estará abierta para los visitantes que quieran comprar alimentos y bebidas. Además, también contamos con un amplio parque para quienes deseen traer su almuerzo o merienda y terminar el recorrido disfrutando de un momento compartido al aire libre.

En 2026 las Jornadas de Puertas Abiertas cuentan con la Declaración de Interés Nacional por Presidencia de la República; de Interés Ministerial por el Ministerio de Educación y Cultura; de Interés Departamental por la Intendencia de Montevideo; de Interés Educativo por la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP) y Ceibal; y de Interés Institucional por la Dirección General de Educación Técnico Profesional (UTU). Asimismo, cuenta con el auspicio de Fertilab y Laboratorio Gramón Bagó.

¿Cómo se distribuyen las condiciones ambientales dentro de las ciudades? ¿Quiénes están más expuestos a la contaminación, riesgos naturales o a un hábitat de menor calidad? Estas preguntas son el puntapié inicial para pensar en cómo afecta el entorno a los distintos grupos sociales.

Con el objetivo de aportar herramientas adaptadas a las realidades de la región, la investigadora de la Facultad de Ciencias, Soledad Camacho Lorenzo, desarrolló un proyecto para construir indicadores de desigualdades ambientales en ciudades iberoamericanas, buscando facilitar su estudio mediante indicadores espaciales.

Desde su rol en el Departamento de Geografía y su paso por la Unidad de Extensión de la Facultad de Ciencias, Camacho Lorenzo trabajó durante varios años en distintos territorios de Montevideo, donde observó situaciones de desigualdad ambiental que despertaron su interés por estudiar el fenómeno de forma sistemática

"Veía o percibía este tema de las desigualdades ambientales, las injusticias ambientales, en diferentes contextos. Ahí surgió la necesidad de estudiar este tema y de pensar cómo abordarlo desde indicadores espaciales, donde la geografía tenía algo muy claro para aportar", aseguró.

Aunque la desigualdad ambiental es un campo de estudio consolidado en países del norte global, especialmente en Estados Unidos, en Latinoamérica este enfoque ha tenido un desarrollo mucho más limitado cuando se analiza mediante indicadores espaciales. Si bien existen numerosos estudios sobre conflictos ambientales, todavía son escasas las herramientas que permitan medir y comparar las desigualdades ambientales considerando las particularidades sociales y territoriales de Latinoamérica.

 

Una metodología adaptada a la realidad regional

Uno de los principales aportes del proyecto fue desarrollar una propuesta metodológica construida a partir de la consulta a especialistas de distintos países iberoamericanos. El objetivo fue identificar cuáles son las dimensiones e indicadores más relevantes para evaluar la desigualdad ambiental en ciudades de la región.

La necesidad de construir una metodología propia responde a que las desigualdades ambientales presentan un fuerte componente local. Aplicar directamente indicadores diseñados para países del norte global puede generar sesgos, ya que las dinámicas sociales y territoriales son diferentes.

Por ejemplo, mientras que en Estados Unidos buena parte de la literatura identifica la desigualdad racial como uno de los principales factores asociados a la desigualdad ambiental, en Latinoamérica la desigualdad socioeconómica aparece como un componente central. Esto implica que los indicadores utilizados para analizar estos procesos también deben responder a esas características.

Camacho Lorenzo destaca que la propuesta constituye una base para futuros estudios, aunque subraya que siempre será necesario adaptar los indicadores a las realidades locales debido a la heterogeneidad existente dentro de Iberoamérica.

 

Sostenibilidad y justicia ambiental

Por otra parte, la investigación realizada por Camacho Lorenzo también propone mirar las problemáticas ambientales desde una perspectiva complementaria a la de la sostenibilidad.

Mientras que la sostenibilidad pone el énfasis en preservar los recursos para las generaciones futuras, lo que suele denominarse equidad intergeneracional, la justicia ambiental incorpora otra pregunta: cómo se distribuyen hoy los beneficios y las cargas ambientales entre distintos grupos sociales. Desde esta perspectiva, no alcanza con pensar el territorio como un conjunto homogéneo, sino que es necesario reconocer que las condiciones ambientales son desiguales y afectan de manera diferente a la población.

"No podemos pensar que los territorios son homogéneos porque ya existen desigualdades dentro de los sistemas. No podemos pensar solamente en la justicia para las generaciones futuras si no miramos cómo se está dando la justicia actualmente", afirmó.

Este enfoque propone identificar qué sectores de la sociedad viven en condiciones ambientales más desfavorables y comprender por qué ocurre.

 

Montevideo como caso de estudio

La metodología fue aplicada en Montevideo, junto con otro caso de estudio de una ciudad española. Los resultados confirmaron una estrecha relación entre pobreza y calidad ambiental. A nivel de barrios, el estudio encontró una correlación negativa y estadísticamente significativa entre ambas variables: a medida que aumenta la calidad ambiental, disminuyen los niveles de pobreza.

Al agrupar los barrios según su calidad ambiental también se observaron diferencias marcadas. En aquellos con peores condiciones ambientales, el promedio de pobreza alcanza el 16,3 %, mientras que en los barrios con mejor calidad ambiental ese valor desciende al 3,1 %.

Los análisis espaciales permitieron además identificar patrones territoriales. Las zonas con mejores condiciones ambientales se concentran principalmente en los alrededores de Punta Carretas y Carrasco, donde coinciden mejores condiciones habitacionales, buena disponibilidad de espacios verdes y menor presencia de actividades contaminantes. En cambio, los agrupamientos con menor calidad ambiental se localizan sobre todo en la periferia oeste y noreste de Montevideo, áreas caracterizadas por déficits habitacionales y cercanía a cursos de agua contaminados, como el arroyo Miguelete y el Pantanoso.

 

Un resultado inesperado sobre los espacios verdes

Uno de los hallazgos más interesantes surgió al analizar las distintas dimensiones de la calidad ambiental por separado.

Mientras las desigualdades son claras en aspectos como la calidad del hábitat, el acceso a servicios básicos o la contaminación ambiental, la distribución de los espacios verdes mostró un comportamiento diferente al observado habitualmente en la literatura científica internacional.

En Montevideo, los barrios de menor nivel socioeconómico presentan, en promedio, una mayor disponibilidad de espacios verdes. Este resultado contrasta con lo reportado en muchas ciudades del norte global, donde las poblaciones más vulnerables suelen tener menor acceso a este tipo de espacios.

Para Camacho Lorenzo, este hallazgo no implica necesariamente una mejor calidad ambiental, sino que abre nuevas preguntas.

"Nosotros evaluamos solamente la disponibilidad de espacios verdes. Una cosa es que existan y otra es cuál es su calidad. Sería interesante analizarlos desde la perspectiva de los servicios ecosistémicos que brindan, como la regulación térmica, la calidad del aire o los beneficios culturales y recreativos", aseguró.

 

El acceso a los servicios básicos como dimensión clave

La consulta realizada a especialistas iberoamericanos permitió identificar otro aspecto poco frecuente en la literatura internacional: el acceso a los servicios básicos fue señalado como una de las dimensiones más importantes para evaluar la justicia ambiental en la región.

Según explica Camacho Lorenzo, esta variable suele ocupar un lugar secundario en estudios desarrollados en países donde esos servicios están ampliamente garantizados. En cambio, en Latinoamérica aparece como un componente fundamental para comprender las desigualdades ambientales, lo que refleja que las prioridades y problemáticas pueden variar significativamente entre distintos contextos.

 

 

Más información para mejores políticas públicas

La investigación también pone de manifiesto una limitación importante: la falta de información ambiental con suficiente nivel de detalle territorial.

Contar con datos desagregados sobre calidad del aire, contaminación sonora, riesgo de inundaciones u otros factores ambientales permitiría realizar diagnósticos más precisos y fortalecer este tipo de análisis.

Para la investigadora, generar ese conocimiento resulta fundamental para orientar las políticas públicas.

"Más que pensar en una política específica, lo importante es transversalizar esta mirada en todas las políticas: ambientales, habitacionales y de ordenamiento territorial. Siempre hay que preguntarse a quién benefician, a quién afectan y si están reduciendo o profundizando las desigualdades existentes", indicó Camacho Lorenzo.

En ese sentido, sostiene que fortalecer la investigación sobre desigualdad ambiental permitirá generar evidencia para diseñar políticas públicas que incorporen de forma más explícita las desigualdades ambientales presentes en las ciudades y contribuyan a construir territorios más equitativos.

 

Manuela Pereira- Julio 2026

¿Qué pasa cuando una población parece comportarse de una determinada manera, pero sus individuos cuentan una historia distinta? Esa es la pregunta que impulsó una investigación desarrollada por un equipo de la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República con la participación de investigadores de Canadá y Brasil.

El estudio propone una nueva forma de analizar la ecología trófica, utilizando isótopos estables y modelos estadísticos que permiten observar la variación entre individuos, una información que muchas veces queda oculta cuando solo se analizan promedios. "Cuando tu interés de estudio es el individuo, estudiar el promedio no sería del todo informativo", explica Federico Garrido de León, estudiante de doctorado en Ciencias Biológicas y docente del Departamento de Ecología y Evolución de la Facultad de Ciencias. "Nos podríamos estar perdiendo información que puede ser relevante y que el promedio no capta", explica.

El interés de Garrido por la ecología trófica comenzó durante su maestría, estudiando aspectos relacionados a la alimentación de lobos y leones marinos de Uruguay (Arctocephalus australis y Otaria flavescens, respectivamente). La pregunta era sencilla de formular, pero compleja de responder: ¿todos los individuos de una misma población comen lo mismo o existen estrategias alimentarias diferentes dentro de la misma población?

Con esa idea como punto de partida, Garrido de León conformó un equipo internacional que aplicó una metodología capaz de analizar no sólo cómo se alimenta una población en promedio, sino también cómo varía la dieta de cada individuo. El trabajo fue publicado este año en la revista Journal of Animal Ecology y posteriormente difundido a través del blog Animal Ecology in Focus, donde los autores explican el alcance del estudio para un público general.

 

Mirar al individuo

La ecología trófica —o ecología de la alimentación— estudia qué comen los organismos, dónde lo hacen, cuándo se alimentan y cómo esas decisiones influyen en su supervivencia, las relaciones ecológicas con especies coexistentes y en el funcionamiento de los ecosistemas. Comprender estos patrones permite explicar la competencia entre especies, la disponibilidad de recursos y la capacidad de adaptación frente a cambios ambientales. "Lo que más nos interesa es entender qué está comiendo un individuo, dónde está comiendo, cuándo está comiendo y por qué toma esas decisiones", explica Garrido. Comprender estos patrones permite estudiar desde la competencia entre individuos hasta la forma en que una población responde a cambios ambientales.

Durante años, muchos estudios resumieron esa información mediante valores promedio que representan la población. Aunque estos datos continúan siendo útiles para describir una población y explicar patrones poblacionales y comunitarios, los investigadores sostienen que también pueden no revelar diferencias importantes entre los individuos que la componen. "Una población generalista está compuesta por individuos que consumen una gran diversidad de recursos. Pero cuando observamos individuo por individuo encontramos que algunos son altamente especializados y otros mucho más generalistas", señala Garrido.

Lejos de ser un detalle estadístico, esa variación aporta información sobre el comportamiento de los animales, específicamente nos puede brindar información de la flexibilidad trófica de los individuos, su grado de especialización o su potencial capacidad para enfrentar cambios en la disponibilidad de recursos. Esta idea coincide con la propuesta central de los artículos científicos que acompañan la investigación: la variabilidad no debe entenderse como "ruido" en los datos, sino como una fuente de información ecológica.

 

Los isótopos cuentan una historia

Observar directamente qué come un lobo marino es prácticamente imposible. "Se alimentan en el agua o lejos de la costa. Podríamos pasar muchísimo tiempo observándolos y probablemente nunca veríamos un evento de alimentación" comenta Garrido.

Para superar esa dificultad, los investigadores recurren a los isótopos estables, una técnica ampliamente utilizada en ecología desde hace más de dos décadas. Los isótopos son variantes naturales de elementos como el carbono y el nitrógeno que quedan incorporados en los tejidos a partir de los alimentos consumidos.

Analizando muestras de pelo, piel, uñas o, en el caso de los lobos y leones marinos, los bigotes, es posible reconstruir parte de la historia alimentaria de un individuo. "Los isótopos estables son una aproximación que nos permite entender qué estaban comiendo y dónde lo estaban haciendo, incluso cuando observar directamente estos eventos sería prácticamente imposible", explica Garrido.

En especies como los lobos y leones marinos, los bigotes crecen de forma continua. Al analizarlos por segmentos, los investigadores obtienen un registro cronológico de la alimentación del animal, ya que cada porción conserva la composición isotópica correspondiente al momento en que fue formada.

 

Una nueva herramienta para estudiar la dieta

La principal innovación del estudio no radica en el uso de los isótopos, sino en la forma de analizar la información.

El equipo adaptó modelos estadísticos conocidos como Double-Hierarchical Generalized Linear Models (DHGLM), utilizados previamente en otras áreas de la ecología del comportamiento, para estudiar la variación isotópica en poblaciones naturales. Estos modelos permiten cuantificar simultáneamente el promedio de la población y la variabilidad de cada individuo. Cuantificar la variación individual residual, la cual representa la diversidad de recursos consumidos por un individuo, es un componente trófico que las metodologías tradicionales hasta ahora no han logrado sistematizar y cuantificar de forma adecuada.

En términos ecológicos, esta información permite distinguir, por ejemplo, entre individuos especialistas, que consumen un número reducido de recursos, e individuos generalistas, cuya dieta es más diversa. Asimismo, permite identificar qué individuos mantienen decisiones de alimentación más o menos consistentes a lo largo del tiempo, posibilitando así reconocer individuos con patrones de forrajeo más o menos predecibles.

 

Lo que encontraron en Uruguay

Para poner a prueba la metodología mencionada, los investigadores analizaron poblaciones de lobos marinos de Uruguay (A. australis), además de otros sistemas biológicos (poblaciones de roedores del hemisferio norte y comunidades de charcos temporales en Europa).

Los resultados confirmaron que, aunque estas poblaciones son consideradas generalistas, están integradas por individuos con estrategias alimentarias muy diferentes. Algunos presentan una dieta amplia y flexible, mientras que otros dependen de un conjunto mucho más reducido de recursos. Además, el estudio detectó diferencias entre machos y hembras que varían según el período reproductivo, un patrón que no había podido cuantificarse con este nivel de detalle.

Según Garrido, estas diferencias podrían ser fundamentales para comprender cómo responderían las poblaciones frente a los cambios ambientales, los cuales pueden afectar la diversidad y abundancia de los recursos que consumen los lobos marinos en nuestro país. Por ejemplo, si una especie de pez disminuye debido a la sobrepesca o un factor ambiental, los individuos especialistas podrían verse más afectados que aquellos con dietas más flexibles, capaces de incorporar otros recursos disponibles.

 

Lo que reveló el estudio

El trabajo desarrollado por Garrido forma parte de una línea de investigación liderada por la Dra. Valentina Franco-Trecu del Departamento de Ecología y Evolución de la Facultad de Ciencias, donde el estudio de la ecología trófica mediante isótopos estables constituye uno de los principales ejes de investigación.

El proyecto reúne además a investigadores de Brasil y Canadá y se inserta en un campo de estudio que busca comprender mejor la variación individual en la naturaleza. Durante décadas la ecología buscó describir cómo se comportan las poblaciones. El trabajo de Garrido y sus colegas propone empezar a mirar con mayor atención a quienes las componen: los individuos.

Porque detrás de un promedio pueden esconderse animales que toman decisiones completamente distintas. Y comprender esas diferencias puede ser clave para anticipar cómo responderán las especies frente al cambio climático, la pérdida de hábitat o la disminución de sus recursos alimenticios. En definitiva, entender que la naturaleza no siempre funciona como un promedio puede abrir nuevas formas de estudiar y conservar la biodiversidad.

 

Claudia Ciaffaglione- Julio 2026

Mientras realizaban un muestreo de tarántulas en Paso Farías, Artigas, investigadores de la Facultad de Ciencias detectaron un canto que no lograban identificar. Días después confirmarían el primer registro documentado de la torcacita escamada (Columbina squammata) en Uruguay, un hallazgo que aporta nuevas pistas sobre la expansión de la especie en el sur del continente.

Las salidas de campo suelen estar orientadas a responder preguntas específicas, pero también pueden aparecer sorpresas cuando quienes participan mantienen una observación constante del ambiente. En el caso de las aves, encontrar una especie nueva para un país es un evento poco frecuente, pero la atención a detalles como un canto diferente puede abrir la puerta a nuevos descubrimientos.

El hallazgo ocurrió durante una campaña de muestreo de tarántulas vinculada a la tesis de maestría de Esteban Russi. Mientras estaban acampando junto a Joaquín Muñoz, un canto llamó su atención durante las primeras horas de la mañana. "Un sonido extraño me cautivó", recordó Muñoz.

Al notar que se trataba de una vocalización inusual, grabó el sonido con su celular y luego envió el registro a su compañero Diego Castelli, con más experiencia en identificación de aves, para analizarlo. A partir de eso pudieron confirmar que se trataba de la torcacita escamada, una especie que hasta ese momento contaba con registros confirmados en varios países de Sudamérica, entre ellos, Brasil y Argentina, pero no en Uruguay.

Como el ave permanecía en el mismo establecimiento donde había sido escuchada por primera vez, los investigadores Russi y Muñoz pudieron ir durante las jornadas siguientes para fotografiarla. "Después de verla una o dos veces ya sabíamos que iba a estar ahí", cuentan. Esa permanencia permitió obtener la evidencia fotográfica que respaldó el primer registro oficial de la especie en territorio uruguayo.

 

Torcacita escamada. Fotografías tomadas por Joaquin Muñoz, en Paso Farías, Artigas

 

Una expansión que ya se observaba en la región

Además de incorporar una nueva especie a la lista de aves registradas en Uruguay, el hallazgo se enmarca en un proceso más amplio. Según explicaron los investigadores, distintos trabajos realizados en Argentina y Brasil ya venían mostrando que la torcacita escamada estaba ampliando gradualmente su distribución hacia el suroeste de Sudamérica.

La principal hipótesis es que la deforestación ocurrida en algunas regiones del continente generó paisajes más abiertos, un ambiente que favorece el desplazamiento de esta especie. Aunque esa situación no responde directamente a la realidad uruguaya, los cambios ocurridos a escala regional podrían haber facilitado su llegada al país.

Los investigadores aclaran que no se trata de una especie exótica introducida por la acción humana, sino de un ave nativa de Sudamérica cuyo rango de distribución parece estar expandiéndose.

 

La presencia de la especie en Uruguay

Por el momento, no existen evidencias de que la presencia de la torcacita escamada genere impactos negativos sobre las demás especies de aves con las que convive ni sobre la producción agropecuaria. Durante las observaciones realizadas en Artigas, los investigadores no registraron comportamientos de competencia o conflicto con otras aves presentes, como torcazas, torcacitas y cardenales. Además, señalaron que en otras partes de su distribución tampoco se han reportado problemas asociados a la especie.

Aunque no es posible predecir con certeza cómo evolucionará la distribución del ave, los investigadores consideran que, a partir de los antecedentes registrados en la región, es probable que en el futuro se obtengan nuevos registros de la especie, especialmente en el norte del país.

En ese sentido, destacaron que la difusión de este tipo de descubrimientos permite que otros observadores de aves, especialmente quienes recorren las zonas donde podría aparecer la especie, estén atentos y puedan aportar nuevos registros que ayuden a seguir su expansión en Uruguay.

 

Del registro en campo al conocimiento científico

El hallazgo fue publicado recientemente en la revista Ornithology Research. Más allá de documentar el primer registro de la torcacita escamada en el país, el trabajo aporta evidencia sobre la posible expansión geográfica de la especie y contribuye al conocimiento de la biodiversidad del país.

"Es importante conocer nuestra biodiversidad y que quede bien documentada", señaló Castelli. Cada nuevo registro permite comprender mejor la dinámica de las especies y aporta información para futuras investigaciones sobre la fauna uruguaya.

 

Agustín Amaro- julio 2026

Mientras algunos municipios cuentan con infraestructura, servicios y una amplia oferta cultural, otros funcionan con recursos mínimos y enfrentan dificultades para garantizar aspectos básicos como el acceso a la salud, el transporte o los espacios de recreación. Con el objetivo de identificar y visibilizar estas diferencias, la geógrafa y docente de la Facultad de Ciencias, Raquel Alvarado, en conjunto con Soledad Camacho, investigadora y también docente de la Facultad, lideran una investigación financiada por la Comisión Sectorial de Investigación Científica (CSIC) que busca construir un índice de calidad de vida y desigualdades socioambientales en los municipios del interior de Uruguay.

El proyecto, desarrollado en el Laboratorio de Estudios Socioterritoriales del Departamento de Geografía, analiza una serie de indicadores vinculados a condiciones ambientales, vivienda, salud, educación, movilidad, servicios y uso del tiempo libre. A partir de estos datos, el equipo pretende elaborar un índice georreferenciado que permita visualizar en el territorio las distintas realidades que atraviesan los municipios uruguayos y aportar información útil para el diseño de políticas públicas.

Los municipios fueron creados en el marco del proceso de descentralización impulsado en Uruguay a partir de 2010, con el objetivo de acercar la gestión pública a las comunidades locales. En este sentido, la investigación se centra en los municipios del interior del país, una escala territorial que Alvarado estudia desde hace más de una década y que señala su desarrollo ha sido desigual y responde a realidades muy diferentes según el territorio.

En este contexto, Alvarado explicó que el concepto de calidad de vida es amplio y puede abordarse desde distintas perspectivas. A diferencia de las condiciones de vida, que suelen asociarse a aspectos materiales como el ingreso o la vivienda, la calidad de vida también incluye dimensiones subjetivas. Sin embargo, por la escala del proyecto, el equipo trabaja con indicadores objetivos, es decir, aquellos que pueden medirse y compararse entre municipios.

Entre las dimensiones que analiza la investigación aparecen las condiciones de la vivienda y el acceso a servicios básico.También se incorporan elementos vinculados al ambiente, no solo desde sus problemas —como la contaminación o la disposición final de residuos— sino también desde sus beneficios, como la presencia de áreas verdes, playas, centros termales o paisajes que mejoran el entorno en el que viven las personas.

Alvarado señaló que el propósito no es elaborar un ranking para definir cuál municipio es “mejor” o “peor”, sino identificar desigualdades. El índice podría permitir agrupar municipios según niveles de calidad de vida y, además, observar dimensiones específicas. Un municipio puede tener buenos resultados en infraestructura, pero presentar carencias en recreación, salud o transporte. De esa forma, el estudio busca evitar una mirada única y mostrar la complejidad de cada territorio.

Uno de los principales desafíos del proyecto es el acceso a la información. Parte de los datos proviene del censo y de organismos públicos como la ANEP, el Ministerio de Salud Pública o empresas de transporte. Pero otra información no está sistematizada y debe obtenerse mediante encuestas y entrevistas a alcaldes. Según Alvarado, esto implica insistir, llamar y explicar la importancia del relevamiento, ya que no todos los municipios cuentan con la misma disponibilidad o capacidad institucional para responder.

La investigación también dialoga con una preocupación que Alvarado arrastra desde hace años: la forma en que se crearon los municipios en Uruguay. Desde que comenzó el proceso de descentralización en 2010, la docente analiza el procedimiento de delimitación de los municipios y cuestiona los criterios aplicados. Según explicó, existen municipios muy pequeños, algunos con muy poca población y recursos limitados, mientras otras localidades con más habitantes no necesariamente cuentan con gobierno municipal.

La investigadora sostiene que estas diferencias también están vinculadas a la forma en que se implementó el proceso en cada departamento. Mientras algunos gobiernos departamentales desarrollaron una planificación más cuidadosa para la creación de municipios, otros avanzaron con menor preparación o con criterios menos definidos. Esto generó realidades muy diversas en cuanto a recursos, capacidades institucionales y posibilidades de gestión.

Para Alvarado, estas diferencias no son solo administrativas. Tienen consecuencias concretas en la vida de las personas. En algunos lugares del interior profundo, el transporte puede pasar una vez por semana, los servicios de salud pueden no contar con médicos todos los días o ciertos estudios deben realizarse en la capital departamental. También aparecen reclamos vinculados a bomberos, oficinas públicas, locales de cobranza y otros servicios que organizan la vida cotidiana.

En ese sentido, considera que salud, movilidad y servicios son algunas de las áreas donde aparecen con más fuerza las desigualdades. Aunque el proyecto todavía se encuentra en proceso, las respuestas preliminares de los municipios ya muestran dificultades recurrentes en estas áreas.

Estas desigualdades no siempre son visibles en los grandes indicadores nacionales, pero se manifiestan en experiencias cotidianas. La posibilidad de acceder a una consulta médica, realizar un trámite, participar en actividades culturales o contar con transporte para desplazarse puede variar significativamente entre localidades separadas por pocos kilómetros. Precisamente, una de las metas del proyecto es aportar evidencia que permita comprender mejor esas diferencias territoriales.

El índice, una vez construido, podría transformarse en una herramienta para orientar políticas públicas. Al mostrar en el mapa dónde se concentran determinadas carencias, permitiría que organismos con competencias sobre los municipios diseñen acciones más específicas y atiendan las desigualdades territoriales con mayor precisión.

Más que medir para ordenar, el proyecto busca medir para comprender. A través de mapas, indicadores y datos georreferenciados, la investigación pretende construir una radiografía de las distintas formas en que se vive en el interior del país. En síntesis, los resultados no solo permitirán identificar desigualdades, sino también aportar herramientas para que las políticas públicas respondan de manera más precisa a las necesidades de cada territorio.

 

Claudia Ciaffaglione- Julio 2026

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